Al finalizar la noche de este domingo, 20 de abril, quedarán fuera de servicio los últimos “ camellos” que aún recorren las calles de La Habana... La noticia me hizo presionar el botón ON, de la memoria, y el recuerdo se desbocó, en la evocación de una multitud de episodios, avistados, experimentados y sufridos, en los “ camellos” de La Habana. He querido transcribir uno de estos episodios en forma de relato, como personal adiós a unos artefactos, que marcaron una época, la del “ período especial” y que pronto se convirtieron en símbolo de la capital cubana.
¡ Ahí va!
----------
----------
EL CAMELLO
----------
El clima tropical se muestra, en este final de mañana, en su pleno apogeo. Las temperaturas superan a las de días anteriores y la humedad relativa no cesa de aumentar, provocando una sensación de inaguantable sofoco. Mientras espero el “ camello”, hojeo el periódico Granma, sin prestar realmente atención a las escasas e ininteresantes noticias que anuncia. Revuelo en la parada de guaguas. El destartalado
“ camello”, que cubre la ruta M2, desde los suburbios habaneros hasta el mismísimo centro de La Habana Vieja, se acerca, rodeado de una nube de humos negros, y un ensordecedor estrépito, que se mezcla con el ruido de su estructura de acero. Esta vez no ha tardado demasiado, pero ese tiempo, ha sido suficiente, para concentrar en el lugar, una gran cantidad de personas. Una vez inmovilizado, pero con los motores, aún, en marcha, las puertas se abren en un sonido de choque de metales, provocando una avalancha de gente, que deseando montar, a toda costa, en el vehículo, impiden bajar de él, a aquellos, que han llegado a su destino.
- ¡ Señooore’, no empuuujen que to’s van a subir! - Exclama la empleada, encargada de cobrar el pasaje, con un acento musical, mientras observa, impotente, abanicándose con un pedazo de cartón, el tremendo desorden.
Una vez dentro del “ monstruo del asfalto”, me instalo, de pie, cerca de una ventanilla. Aquí sufriré menos el intenso calor, que se siente en el interior de la enorme cabina, capaz de acoger a más de trescientas personas. En el momento de su lanzamiento a las calles de la capital, al “ camello”, se le dio, oficialmente, el pomposo nombre de “ metrobus”, pero la gracia popular se encargó, más tarde, de bautizarlo como
“ camello”, debido a su silueta irregular semejante a las jorobas de ese animal. La monstruosa “ bestia”, es decir, la invención cubana, pronto se convirtió en un símbolo de La Habana. Su imagen, exportada a todos los rincones del planeta, en fotografías tomadas por turistas, para quiénes los camellos habaneros son una curiosidad más, de las muchas que esta urbe tiene para ofrecer.
Cuando todos los pasajeros logran entrar, la cobradora ordena al chofer, cerrar las puertas y continuar camino. Sacando su cuerpo hasta la cintura, por una ventana, le grita con una voz extremadamente aguda.
- ¡ Daaale, papi, cierra y echa pa’alante!
El conductor tarda en reaccionar. La salsa pachanguera de una orquesta en boga, que suena a todo volumen en una radio portátil instalada cerca del volante, le impide escuchar los gritos de su compañera. El calor se vuelve insoportable. La humedad hace transpirar los cuerpos, que manchan las ropas con sudores rancios. El aire, cargado, parece escasear. El suplicio dura algunos segundos, pero parece una eternidad. La gente se impacienta. Muchos protestan.
- ¡ Oooye mi chini, dale pa’lante, vieeejo, que aquí nos estamo’ asando de calolll! - Vuelve a gritar la cobradora, esta vez algo enfadada.
Las puertas se cierran, al fin, y el artefacto inicia su marcha. Una ligera brisa cálida se cuela por las ventanas, mejorando en algo el ambiente, hasta la próxima parada. El traqueteo de la máquina hace mover los cuerpos al ritmo de las maniobras del conductor, como una danza compaginada, de carnes sudorosas, grasientas, celulíticas muchas, propiciando los roces, accidentales, y también, los intencionales y premeditados.
Detrás de una muchacha que se encuentra a mi lado, se ha colocado un hombre joven, de buen ver, que antes, en la parada, la estudiaba, con el interés de un león hambriento, que no pierde de vista a la gacela que será su próxima presa. Aprovechando los frenazos y aceleraciones, frota, despacio, su miembro contra el trasero de la joven. Ella no reacciona, y la ausencia de reacción, supone el asentimiento. El falo del desconocido se inflama, en una erección lenta. El bulto se aprecia debajo de la tela de mezclilla del pantalón. La joven se siente incómoda. Comprimida en el espacio que ocupan sus pies, es imposible moverse. El hombre, sin ninguna duda ya, sobre la permisividad de la chica, pasa su brazo cerca de la cintura de ella y se agarra al respaldar de un asiento, mientras grita hacia los que están detrás: “ ¡ Caballero’, no empujen, que esto no da ma’!”. Mira a su alrededor comprobando que no le observan, y el recorrido de su mirada se cruza con mi expresión de sorpresa y desaprobación, entonces se separa ligeramente de su victima, al tiempo que cambia de posición, como queriendo esconder la intención de sus movimientos.
El “ camello” se ha detenido nuevamente. Los pasajeros que desean bajar, forcejean con aquellos que quieren subir. Otra vez se repite la misma escena de las paradas anteriores. Esta vez, es casi imposible cerrar las puertas. La empleada, cobradora de pasaje, amenaza con que no se moverán del lugar hasta que la última de las, estropeadas, puertas haya sido cerrada.
La chica reacciona al fin. Se separa bruscamente del hombre, que no cesa en el discreto restriego contra el cuerpo de ella, aprovechando la confusión creada por un nuevo flujo de pasajeros que ha subido al vehículo.
- ¿ Te puedes separar de mí? ¡ Me estás molestando! - Le dice al joven sobador, que seguramente pensaba poder llegar al éxtasis.
- ¿ Que le pasa a eee’ta, tú? – Dice, alejándose, a duras penas, hacia el fondo de la cabina repleta, ante la posibilidad de un escándalo. Sobando, de paso, cuanto culo se pone a tiro.
Emprendemos viaje nuevamente. Escucho a la gente hablar, comentar, especular, sobre la actualidad de la ciudad. Una de mis orejas está pendiente de los detalles de un robo a mano armada ( con machete) que hubo en un vecindario alejado de Marianao. La otra, está atenta a la descripción de un violador de mujeres que anda suelto por La Víbora. Mi cerebro ya grabó y procesó la información sobre la tienda nueva, en CUC, que abrieron en Centro Habana, donde único se encuentran azulejos blancos en toda la ciudad. ¿ Y que decir de esa
“ paladar” en Miramar que la policía cerró, por vender langosta y camarones o de la redada en Mantilla, donde intervinieron
“ miles” de antenas parabólicas ilegales, que permitían ver los canales del enemigo? La última noticia la tiene...Radio Bemba.
El “ camello” casi llega al final del trayecto. Hacia la parte delantera, cerca de la puerta, se escuchan personas que hablan muy alto, casi gritan. No se entiende lo que dicen, debido al estruendoso sonido del motor y la carrocería. La gente se pone nerviosa. Muchos, nos empinamos sobre la punta de los pies, tratando de ver por encima de las cabezas, en un gesto milagroso, dado el movimiento del vehículo. Ni siquiera las bailarinas del Ballet Nacional podrían mantener tal equilibrio.
- ¿ Qué pasó, qué pasó? – Pregunta una mulata, que subió en la parada anterior, vestida de blanco, mientras las gotas de sudor le corren por el entalcado cuello para perderse entre sus desproporcionados pechos.
- ¡ Ay, chica, yo no sé, pero este camello es un castigo de Dios! ¡ Coooño! – Responde un hombre pasado de los cincuenta, al tiempo que tres adolescentes ríen e imitan sus gestos amanerados.
Las puertas se abren, repitiendo por enésima vez, el ruido de planchas metálicas en choque. La gente desciende, creando un inmenso barullo, entretanto, dos hombres sostienen a otro, por los brazos.
Yo también desciendo y me acerco a curiosear. Una anciana mujer, me explica, indignada, que aquel hombre, al que retienen los otros, es un carterista que atraparon con la mano en un bolso. Otros pasajeros, lo insultan, antes de perderse en las calles cercanas.
- ¡ El muy hijo ‘e puta! ¡ Lo que se merece es que le corten las manos! – Exclama una madre que sostiene a su hijo pequeño en brazos. - ¡ Tratar de robarle a una vieja! ¡ No tiene perdón!
- ¡ Cacho ‘e cabrón!
- ¡ Sinvergüenza!
La policía no llega.
- ¡ Nunca están cuando se les necesita! – Exclama la empleada cobradora desde una ventanilla del “ camello”, ya vacío.
El motor sigue rugiendo, ronco y estridente. Otra gente espera, desesperada, que el vehículo llegue al lugar donde hacen la cola. Es el término, la última parada, pero también la primera. El inicio de una nueva experiencia, que se repite hasta el infinito, en sucesos parecidos. El “ camello” avanza algunos metros, los otros pasajeros se cuelan dentro, esta vez con orden. Es la primera parada. Las puertas se cierran con ese sonido de metales que chocan. Ruge aún más el motor. Suena el claxon, potente y grave. El “ camello” se mueve, dejando una estela de humos negros que flotan en el aire. Cuando estos se desvanecen, puedo leer en su parte trasera: El M2 al servicio de la población. Quizás deberian cambiar la consigna, pienso mientras me alejo. Al fin y al cabo, los habaneros dicen que el " camello" es como las peliculas del sábado en la noche: Sexo, violencia y lenguaje de adultos. Yo, por mi parte, puedo afirmar que, viajé en el monstruo y le conozco las entrañas.
---------- Luis Vidal Rosales (VIDAROSA)
Sitges, Barcelona, abril 2008